Puedo imaginarte ahí sentada, sola con tu vestido de color lavanda, el pelo recogido y sin probar la tarta, seguramente tamboreando las uñas sobre el mantel blanco de lino, como sueles hacer cuando te sientes realmente hundida, puede incluso mirandote las uñas y pensando "Dios tendría que haber parado todo este malva de complot para hacerme la manicura". Pero ya es tarde. - George yo no te había dicho que me vestido era de color lavanda.
De pronto, una canción familiar y te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote, buscando, husmeando el aire como un siervo moteado ¿Acaso Dios ha escuchado tu pequeña plegaria? ¿Volverá a bailar cenicienta? Y entonces, de repente, la multitud se aparta y ahí está él, elegante, con estilo, radiante de carisma, curiosamente él está al teléfono, pero en fin, tú también. Y él va hacia ti, con los andares de un gato salvaje y aunque tú acertadamente piensas que es gay, como la mayoría de los solteros arrolladores guapos a su edad piensas "¡Qué demonios! la vida sigue, quizá no habrá matrimonio, quizá no habrá sexo, pero por Dios seguro que hay baile."

